Aunque muchos están en desacuerdo, una gran parte de los
ciudadanos también ven con buenos ojos la aprobación, por parte de la Corte
Constitucional, la adopción de niños y adolescentes en parejas del mismo sexo,
proceso al que se le debe hacer el adecuado “seguimiento” por el bienestar de
los pequeños.
Las familias homoparentales pueden ser consideradas un tipo
de familia emergente formadas por parejas del mismo sexo, se reconocen como aquellas conformaciones que no se ajustan a la
heterosexualidad.
Quienes se oponen a que las parejas homosexuales
adopten niños huérfanos no solamente condenan a los homosexuales, sino sobre
todo a los huérfanos. Lo que suelen omitir, imperdonablemente,
los opositores a las adopciones homoparentales es que los huérfanos necesitan
ser adoptados por alguien, quienes sean, siempre y cuando responsablemente los
quieran y los saquen adelante, para estar mejor de lo que están.
Aunque a uno le resulte ajeno el modo de vida gay, no me
cabe la menor duda de que las parejas homosexuales deben poseer los mismos
derechos civiles que el resto de los ciudadanos: poder legalizar su unión,
tener la posibilidad de adoptar (puesto que carecen de la de procrear, como
también les ocurre a algunas parejas heterosexuales), de divorciarse, de pelear
por la custodia de sus hijos adoptados, de ser respetados como cualesquiera
seres humanos, etc.
Lo más importante, sin embargo, no es eso, sino que los
niños sin hogar tengan la oportunidad de ser adoptados por quienes sean capaces
de otorgarles una vida mejor que la que llevan en su orfandad y si estos forman
una pareja homosexual responsable y cariñosa, qué bien; si forman una
heterosexual igualmente responsable y cariñosa, ni se diga.
